Cartas

Borde, seca, antipática.

Nací siendo niña, rubia y relativamente mona.
Después alguien tuvo la maravillosa idea de hacerme coletitas y ponerme lazos.
Y automáticamente el mundo decidió que como era mona, pequeñita y de mofletes rosados tenía que ser adorable, simpática, cariñosa, tranquila, risueña, entrañable; una niña que todos quisieran como hijita y que todas las hijitas muriesen de envidia al conocer.
Pero no fue así.

A la niña rubita de ojos de color indefinido no le gustaba dar besos a desconocidos ni a familiares en repetidas ocasiones. No le gustaba que la tocasen. No le gustaba que le hiciesen bromas. Que nadie mencionase sus mofletes rojos como tomates. Que le pidiesen cosas absurdas como bailar, darle un beso a un niño, o decir esto o lo otro.

El mundo se enfadó y automáticamente se me tachó de borde, seca, antipática.
Y he tardado en comprender una cosa… ¿Porqué? ¿Porqué cojones tenía que darle besos a todo el mundo? ¿Porqué las vecinas de mi abuela se tenían que reír de mí si me negaba a bailar? ¿Porqué tenía que sonreír constantemente si no quería, o reírme de gracias que no me gustaban nada?
Entonces todos, absolutamente todos, se ven con derecho a juzgarte y llamarte antipática, seca, borde y lo que más me cabrea ahora, “rabuda”.
¿Y en qué te vas a convertir?

Y a partir de ahí empiezan las historias (que otros querrían que llamase anécdotas) que no tendría porqué haber vivido. Que cualquier persona se podría haber puesto en medio y evitarlo.

Como cuando el malote de clase en educación infantil nos levantaba la falda a las chicas. (Aquí debo apuntar que sí recibimos apoyo, pero recuerdo empezar a llevar pantalones cortos debajo del vestido, así que de poco serviría).

Como cuando un niño de otra clase me perseguía cada día por el patio porque quería darme un beso en la boca. ¿Y los profesores? ¿Qué iban a decir? Es un niño, son chorradas,  es un juego. ¿A quién se le pasó por la cabeza la palabra “acoso” cuando yo corría y corría huyendo de él a diario? ¿A nadie se le ocurrió ni cuando me dieron ataques de asma?

Después el peor. El cliché de mi vida, el gran y aferrado “pues tu hermano es más cariñoso”.
Y por tal razón tenía que dejar que me tocase el culo y me diese besos en la mejilla cuando ÉL, el niño cariñoso y bonachón, quisiese. Porque mi culo y mi cara no son decisión mía, ¿verdad? ¿Cuántos años tienes que tener para decidir quién te puede tocar y quién no?
Y lo pasé mal, muy mal, y hasta que no berreé y lloré y grité nadie le explicó que no tenía porqué hacer eso. Porque a todo el mundo (a mi familia) le hacía gracia ver a dos hermanos mostrándose afecto (a pesar de que yo no quisiese).

Y podría seguir. Cada vez que me han reñido por no querer dar un beso, un abrazo, mostrar cariño… ¿Qué pensaban que iba a crear eso? ¿Un oso de peluche gigante recargado de caramelo que abrazase a todo el mundo?

Pues no, una preadolescente con pánico al contacto físico. La que daba un grito cundo alguien sin querer le rozaba la barriga. La que daba mil vueltas para llegar a casa después del instituto para no ir por calles con otros muchos estudiantes.
La que tapaba al máximo cada centímetro de piel con prendas largas, holgadas y oscuras. La que entraba en crisis cuando alguien, aunque fuese amigo, la levantaba en brazos.

Con todo esto a las espaldas crecí. Como muchas, tantas, obligadas a escuchar día a día “eres una seca, una borde, una antipática” por querer tener capacidad de decidir a quién le doy mi cariño y a quien no. A tener que descubrir demasiado tarde que el acoso no es tu culpa (y nunca lo es).

Y aún habrá quien creerá que soy seca, borde y antipática. Porque soy una persona a la que dar dos besos para saludar le parece absurdo o que un abrazo como saludo es solo para personas señaladas en mi lista mental.
Solo los que esperan a que sea yo la que decida estas cosas merecen estas cosas, y la verdad, al final las tienen, cada uno las que le toquen.

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